Estructura del libro
Índice general
Una guía clara para recorrer la obra y ubicar sus capítulos por página.

Índice
- Derechos de autor — p. 4
- Dedicatoria — p. 5
- Índice — p. 7
- Introducción — p. 11
- I — Padre e hijo — p. 13
- Introducción — p. 15
- Un hombre excepcional — p. 17
- De la ciencia al honor — p. 20
- II — Corsarios del 79 — p. 31
- Introducción — p. 33
- «Rafa» — p. 35
- Sangre de almirante — p. 43
- Rafael Colón Torres — p. 44
- Jorge Fuentes — p. 45
- Edgard Quintero — p. 52
- Jairo Infante — p. 57
- Rodrigo Vela — p. 61
- «Careloca» — p. 69
- «Pekinés» — p. 72
- «El artista» — p. 82
- «El Pato» Paz — p. 87
- Avión perdido — p. 91
- III — NA – 79 — p. 93
- Introducción — p. 95
- NA – 79 — p. 97
- La compañía Binney — p. 102
- Fiesta de luz y sonido — p. 103
- Compañeros — p. 105
- Conchita y «El Mello» — p. 110
- La compañía Padilla — p. 115
- La cacería de reclutas — p. 119
- Una noche brutalmente cruel — p. 119
- La primera carta — p. 123
- Del señor CDTE. de la Armada Nacional — p. 124
- Del equipo de velas — p. 128
- De nuestras novias — p. 129
- Esparcimiento — p. 130
- De las balleneras — p. 131
- De las gaitas en la banda de guerra — p. 131
- De las clases de navegación — p. 132
- Del curso «Fakir» — p. 133
- El primer recuerdo — p. 134
- Del juramento de bandera — p. 136
- Mi primera fotografía — p. 139
- La primera franquicia — p. 140
- El anuncio de Glorina — p. 143
- Las odiadas matemáticas — p. 143
- La visita a un gran amigo — p. 144
- Colombia sitiada — p. 145
- La gran duda — p. 146
- El encuentro — p. 150
- Vacaciones — p. 156
- IV — Corsarios del I.M. 18 — p. 167
- Introducción — p. 169
- El recluta Henao — p. 171
- El recluta Tamber — p. 172
- El recluta niño Ricardo — p. 173
- «Fruko» — p. 175
- «El Murcy» — p. 177
- «Mr. Quesos» — p. 178
- «Goyo» — p. 183
- «El Llanero» — p. 188
- «El Pollo» — p. 195
- «El Comegalletas» — p. 205
- «Bochica» — p. 208
- V — I.M. 18 — p. 237
- Introducción — p. 239
- I.M. 18 — p. 241
- La primera travesía — p. 244
- Embarque inolvidable — p. 246
- Porque te quiero, te aporreo — p. 248
- La sinfonía de castigos — p. 249
- La mondá — p. 250
- Chocolatinas y bocadillos — p. 251
- Juramento de bandera — p. 253
- El primer terreno — p. 256
- 20 de julio — p. 260
- VI — A. R. C. Gloria — p. 269
- Introducción — p. 271
- A. R. C. Gloria — p. 273
- VII — Coveñas — p. 309
- Introducción — p. 311
- Coveñas — p. 313
- De la represa — p. 318
- Eclipse — p. 323
- Almuerzo gratis — p. 335
- «Careloca» electrocutado — p. 345
- Los tusos — p. 349
- VIII — Graduación — p. 353
- Introducción — p. 355
- Graduación — p. 357
- IX — Subtenientes — p. 365
- Introducción — p. 367
- La ruleta rusa — p. 369
- El tiroteo — p. 375
- Gracias al preso — p. 383
- X — Mao y Linda — p. 391
- Introducción — p. 393
- Mao y Linda — p. 395
- Cumpleaños de Mao — p. 405
- El carro desaparecido — p. 408
- Avión sin salida — p. 411
- El gran escape — p. 424
- XI — Marco y Beatriz — p. 435
- Introducción — p. 437
- Marco y Beatriz — p. 439
- Visita a la casa de Beatriz — p. 450
- La campaña política — p. 454
- Elecciones y suicidio — p. 458
- XII — Jorge y Glorina — p. 477
- Introducción — p. 479
- Jorge y Glorina — p. 481
- 42 años de olvido — p. 499
- Agradecimientos — p. 509
- Glosario marinero — p. 511
Capítulos
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Quiero comenzar este libro evocando a mi padre (Q. E. P. D.), un hombre humilde, trabajador y servicial, que construyó su vida desde cero y supo elegir a una gran mujer: mi madre, a quien también dedico estas páginas. Como hijo mayor, el primero de siete hermanos, fui testigo silencioso de su ejemplo. Él soñaba con que yo fuera médico, pero en cuanto conocí la libertad fuera de casa, tomé otro rumbo: la Armada Nacional. Este primer capítulo narra esa transición: del sueño de mi padre a mi propia elección, de la ciencia al honor. Aquí también afloran recuerdos entrañables, nacidos de la inocencia de una carta dirigida a una niña a la que jamás había visto. Aquella correspondencia sencilla y espontánea dio paso a emociones hasta entonces desconocidas, inexplicables pero profundas y verdaderas. Fue mi primer amor: una historia difícil de olvidar, guardada para siempre en algún rincón de mi corazón. Relataré estos recuerdos unas veces desde mi propia voz, otras desde la distancia del narrador, porque la memoria tiene tantas formas como maneras de contarla

Dedico este capítulo a aquellos jóvenes valientes del año 1979 que, el 30 de junio, tomaron la decisión de dejar sus hogares para entregar su juventud —y, si era necesario, su vida— a la Marina. Fueron tiempos de sueños, incertidumbres y coraje, marcados por la camaradería y el espíritu de servicio. Hago una mención especial a mi gran amigo Rafael Colón, quien había ingresado seis meses antes. En largas conversaciones y búsquedas entre libros y archivos, fui encontrando pistas que apuntaban a una sorprendente conexión entre su familia y el mismísimo Cristóbal Colón. No es fácil comprobarlo, pero existen fuertes indicios de que un antiguo duque de Veragua, heredero del Almirante, echó raíces en Honda, Tolima. Quizá no sea más que una conjetura... o tal vez «Rafa» lleve en sus venas la misma sangre del hombre que cambió la historia del mundo.

Este capítulo está dedicado a todos los hombres de mar que, en 1979, empezaban a escribir su historia en la Armada Nacional: integrantes de la Marina de Guerra y la Infantería de Marina, de los contingentes NA – 79 e I.M. 17. Aquí relato los primeros seis meses a bordo de la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla, una época marcada por la dureza de la disciplina, la exigencia militar y el rigor académico. Solo quienes lo vivieron —en carne propia, con sangre y sudor— sabrán que lo aquí escrito es una gran verdad. Son recuerdos intensos y hermosos que moldearon nuestro carácter, y nos forjaron en valores y principios. Quienes hemos pasado por esta Escuela llevamos su huella marcada en la piel, con el orgullo de saber que somos marinos de Colombia.

Dedicado a los valientes y decididos integrantes del curso I.M. 18, quienes un 13 de enero de 1980 emprendieron su carrera en la gloriosa Infantería de Marina: un cuerpo de pocos, buenos y orgullosos hombres formados en el temple del mar y el rigor del combate, que eligieron seguir su ruta naval en una carrera dura, arriesgada y marcada por el peligro permanente. Lo hicieron con la firme convicción de entregar sus mejores años al servicio de la patria, un compromiso que no muchos colombianos están dispuestos a asumir. Esta es una página de honor, escrita por quienes decidieron vivir con coraje, disciplina y entrega absoluta.

Manuel Alvarado, en vísperas de su retiro con el grado de coronel de Infantería de Marina, comenzó hace algunos años a escribir estas páginas, guardando en ellas los relatos y memorias que atesoraba desde sus primeros días en la ENAP. Este libro nace del deseo de preservar la historia de aquellos años, de honrar a quienes con disciplina, coraje y entrega absoluta forjaron un legado imborrable. Muchos de estos relatos, además, conservan un toque jocoso, reflejo de la inocencia y la timidez de la mayoría de nosotros, adolescentes que recién nos adentrábamos en la Escuela Naval, temerosos pero decididos a responder al llamado del presidente de la república: formarnos en dos años como oficiales de Infantería de Marina para contribuir a la seguridad y al orden en las principales selvas, ríos y zonas afectadas por el narcotráfico y el terrorismo sembrado por las guerrillas. Este capítulo, en particular, recoge los recuerdos compartidos con nosotros, miembros del emblemático I.M. 18, un curso que, modestia aparte, se ha ganado un lugar de honor en los anales de la historia naval colombiana. De los veintiún oficiales que formamos parte de esta promoción, tres alcanzaron el rango de generales de la República, cuatro de coroneles, tres de teniente coroneles, tres de mayores, cuatro de capitanes, dos de tenientes y dos de subtenientes. Cada uno dejó en su paso una huella de sacrificio, lealtad y firme compromiso con la patria. Estas páginas son testimonio del espíritu indomable de una generación que, enfrentando desafíos, adversidades y pruebas sin fin, demostró que el verdadero honor no se mide en grados ni condecoraciones, sino en la capacidad de liderar y servir con integridad, coraje y entrega absoluta. Que estos relatos inspiren a quienes los lean y reconozcan que la historia de la Infantería de Marina y de sus hombres valientes es también la historia de Colombia, escrita con sudor, disciplina y mucho orgullo

Imposible escribir este libro sin hablar de nuestro buque insignia. Este capítulo relata las anécdotas vividas a bordo del imponente velero A. R. C. Gloria durante un crucero que, aunque no fue internacional, quedó marcado para siempre en nuestra memoria. Surcamos el mar Caribe poniendo en práctica todo lo aprendido en las aulas: con el sextante bajamos estrellas, trazamos círculos máximos sobre las cartas de navegación, seguimos el azimut verdadero y entramos a puerto trepados en lo alto de los mástiles, cantando con orgullo. No hay forma de describir lo que se siente cuando el pecho se desborda de emoción al saberse parte de su tripulación. Ninguna aventura, por extrema que sea, se compara con esa experiencia

Merece especial atención relatar los últimos meses antes de graduarnos como oficiales: una etapa definitiva vivida en el Batallón de Entrenamiento de Infantería de Marina (BEIM), con sede en Coveñas. Durante este tiempo ya como alféreces y, vistiendo con orgullo el camuflado propio de la Infantería de Marina, enfrentamos lo que podría llamarse nuestra tesis de grado: cursos de contraguerrilla, supervivencia, táctica de combate, armamento, comunicaciones, administración y otras materias. Fue el tramo final de un camino exigente, donde se evaluaba no solo la preparación técnica y táctica, sino también la madurez, la resistencia y la capacidad de liderazgo. Todo estaba listo para ser calificados y, si éramos merecedores, recibir finalmente el honor de nuestra próxima graduación

Finalmente, después de dos años de exigente formación —en el caso de los Infantes de Marina del Curso I.M. 18— y de un proceso aún más largo para los integrantes de la Marina de Guerra y la Marina Mercante, llegó el gran día: nuestra graduación como oficiales de la Armada Nacional, y como terceros oficiales en el caso de los marinos mercantes. La ceremonia se llevó a cabo en Cartagena, bajo un diluvio que no logró apagar el brillo de aquel momento inolvidable. Con la presencia del presidente de la República, señor Julio César Turbay Ayala, se realizó el acto solemne. Allí, veintiún alféreces, diecinueve guardiamarinas y otros veintiún pilotines recibimos, de manos del primer mandatario, la tan anhelada espada de honor. El día anterior, en un acto más íntimo pero igualmente significativo, el director de la Escuela Naval nos había entregado el anillo de oficiales: un símbolo tangible del compromiso, la trayectoria recorrida y el juramento que estábamos a punto de asumir. Fue un momento cargado de orgullo y emoción, la antesala perfecta para el paso definitivo al servicio como oficiales de la República.

Ya como subtenientes, fuimos destinados a diferentes guarniciones de la Infantería de Marina: Al BEIM, en Coveñas, fuimos asignados Rey, Sánchez, Echeverry, Silva, Mejía, Pachón, Ruiz y yo. Al BAFIM 2, en Tumaco, fueron destinados Gómez, Flórez y Alvarado; al BAFIM 4, en Puerto Leguízamo, Fandiño, Yunnis, Diago, Rico, García y Sampayo (Q. E. P. D.), y al BAFIM 1, en Cartagena, Colón, Suárez, Rincón y Acevedo (Q. E. P. D.). Todos nosotros guardamos incontables historias que, a lo largo de nuestras carreras, podrían llenar decenas de libros; relatos de valor, sacrificio y camaradería que aún palpitan en nuestra memoria. Este capítulo reúne tres relatos que durante más de cuarenta años permanecieron en silencio. Los dos primeros marcados por la cercanía con la muerte; el tercero, no tan riesgoso, pero me ha llegado a la memoria. Los hechos aquí narrados no fueron fáciles de relatar. Pero, con la distancia de los años y con la madurez que da el tiempo, quienes los vivieron han podido compartirlos con entereza. Solo ellos saben si han logrado olvidarlos… o si, por el contrario, siguen siendo heridas abiertas. Porque hay vivencias que, por más que se intenten callar, nunca desaparecen del todo.

Esta es la historia de amor de mi gran amigo José Mauricio Sánchez, a quien todos conocemos cariñosamente como: Bochica, por sus supuestos poderes de clarividencia y esa sabiduría tranquila que siempre lo ha acompañado. A su lado, desde siempre, ha estado Linda: compañera inseparable, madre y abuela de dos hijos y dos nietos. Buena parte de esta historia ha sido contada por ella, con generosidad y memoria viva. Lo que decidieron juntos hace casi cuarenta años en Tumaco fue mucho más que un acto de amor. Fue una determinación valiente que desafió a la familia Burgos, a las reglas de la Armada Nacional y a toda lógica predecible. Sellaron un juramento que, contra todo pronóstico, siguen cumpliendo hasta hoy. Su historia no solo merece ser contada y admirada, sino también llevada al cine. El escape que orquestaron para no separarse parece sacado de un thriller cinematográfico, con todos los elementos de una buena película: tensión, riesgo, ternura y lealtad absoluta. Gracias, Linda, por compartir esta historia tan inspiradora. Mi respeto y cariño eterno para ambos

Historia de amor entre dos jóvenes de clases sociales opuestas. Ella, criada en un entorno privilegiado, con una vida cómoda y sin sobresaltos. Él, un cadete naval, formado en el rigor, la disciplina y el sacrificio. Se cruzaron por primera vez en las calles de Cartagena, en un encuentro breve pero inolvidable, marcado por miradas que no sabían aún todo lo que el destino les tenía preparado. Pasaron los meses y sus vidas siguieron su curso, ajenas la una de la otra. Hasta que una noche, un hecho violento los volvió a acercar. Ella fue víctima de un ataco en una calle solitaria. Él, sin saber quién era la mujer en peligro, intervino con valentía para defenderla y, en el intento, recibió una herida que lo dejó al borde de la muerte. Esa noche, la desafortunada muchacha, mientras aún intentaba reponerse del susto, se enteró de que un joven cadete había sido gravemente herido al tratar de impedir un robo en el mismo sector. Solo al día siguiente comprendió con mayor claridad lo que había ocurrido. Él, herido, al borde de la muerte, no supo de inmediato a quién había salvado. Pero desde ese día, sus destinos quedaron entrelazados por la gratitud, la memoria y una conexión tan intensa como inesperada. A partir de entonces, deberán enfrentarse no solo a los obstáculos que impone la diferencia de clases, sino también a las exigencias de una vida militar que no deja espacio para el amor ni para la duda. Pero no están solos en su historia. Mientras ese amor puro y sincero crece en silencio, en la sombra germina una amenaza. Una mujer de entera confianza para la familia de la joven —una empleada antigua, fiel en apariencia y querida por todos— comienza a mostrar señales de una obsesión enfermiza. Lo que al principio parece celos o frustración se transforma rápidamente en locura. Su deseo de poseer al cadete la consume, y al sentirse desplazada, dirige todo su odio contra la joven a la que él ama. La obsesión se convierte en intención. Y la intención, en un plan frío y calculado para destruir a quien considera su rival. La traición surge desde el interior mismo del hogar, donde se supone que todo es seguro. Y lo que debía ser solo una historia de amor se convierte en una lucha desesperada por la vida, la verdad y la lealtad. Este capítulo no es solo un relato de encuentros improbables o de pasiones escondidas. Es también, un testimonio del peligro que representa la obsesión cuando se disfraza de servicio, del rencor cuando se enmascara de fidelidad, y del amor cuando se defiende con el alma.

Desde el primer relato he venido entretejiendo una historia que, aunque breve en su tiempo, ha sido la más profunda e inolvidable de todas: la de mi primer amor. El primer amor rara vez se olvida, y quizá por eso esta historia ha estado presente desde el comienzo del libro, como un hilo silencioso que atraviesa cada página. Ella, una jovencita de Medellín, estudiante de medicina, a quien conocí por cartas, cuando aún todo era espera, ilusión y descubrimiento. Nuestro primer encuentro, en el «Oasis» de la Escuela Naval, quedó grabado en la memoria del corazón, como una imagen intacta que el tiempo no ha logrado borrar. Fueron cuatro años de amor sostenido en la distancia: cartas que cruzaban el país, llamadas de larga distancia —como se les decía entonces—, telegramas en sobres azules llenos de urgencia y meses de espera para vernos. Luego, como sucede con muchos romances de juventud, llegó el silencio. Un silencio largo, profundo, de más de cuarenta años. Y entonces, un día cualquiera, ocurrió lo inesperado: un encuentro casual a bordo de un crucero. Ella, con sus hijas. Yo, con mi hijo. Ninguno sabía si el otro aún existía. Entre nosotros, sin saberlo, estaba también ese libro: El cazador de barcos. Al escuchar su título, una de sus hijas recordó haberlo visto años atrás en la biblioteca de su madre, quien solía hojearlo en silencio de vez en cuando, como si acariciara algo sagrado. Fue esa coincidencia, sutil e inexplicable, la que nos volvió a reunir. No para reavivar un viejo amor, sino para comprender que esa historia —nuestra historia— no había terminado, porque aún no se había contado del todo. Mi hijo y sus dos hijas, movidos por una curiosidad entrañable, nos pedían que les contáramos toda la historia de aquel primer amor que, de alguna manera, había marcado la vida de ambos. Con todo el viento a mi favor —el tiempo detenido, la felicidad en calma y los ojos de ella fijos en los míos, asintiendo en silencio como quien reconoce una verdad largamente esperada—, comencé a hablar. Y mientras lo hacía, no pude evitar pensar en mi padre, que soñaba con que su primogénito fuera médico…

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